Entró por la puerta, desolación. Una tenue luz dejaba entrever la desdicha. Muebles viejos, llenos de polvo, llenos de momentos pasados que nunca volverían. La mesita de noche guardaba los “te quiero” secretos que se decían a escondidas. El espejo aún recuerda a la bella joven arreglándose el pelo para sus reencuentros amorosos. El olor de la colonia recién echada por el muchacho cada vez que llegaba al portal para impresionar a la mujer, quedó grabado en el tomo de la puerta. En el aire, si se presta la suficiente atención, se llegaría a escuchar los leves susurros de cariño. Poco a poco, el señor que entró, ajeno todavía a la historia romántica que vivieron los enamorados, sintió curiosidad y se fue adentrando más y más. Cuando llegó al salón, el destello de la luna que entraba por la ventana no era suficiente para poder observar aquel lugar tan interesante y lleno de vivencias. Cerca de la ventana, encontró una vela casi agotada, apagada. Representaba la pasión de los dos jóvenes, la cual antes de apagarse por sí sola, fue forzada a apagarse. El intruso, por así llamarlo, abrió un cajón para ver si encontraba alguna cerilla o algo que le permitiese encender la vela. El cajón estaba lleno de sobres amarillentos y papeles doblados o arrugados, y al fondo, por suerte, había un encendedor antiguo. La vela adquirió una nueva y enérgica vida.
No supo explicarme que pasó en ese instante pero algo inundó ese espacio y el corazón le dio un vuelco. La noche se esfumó y lo que antes estaba lleno de mugre, ahora era un lugar limpio y olía a nuevo. Una preciosísima mujer corría de habitación en habitación. De una salía abrochándose un lujoso vestido, entraba en otra. Al salir, lo hacía con un peine y gritando:
-¡No llego, no llego, no llego! ¡Estará a punto de llegar!-Y volvía a entrar en otra habitación.
El hombre que todavía no sabía donde se hallaba, comenzó a dar vueltas, desorientado. Se asomó a la ventana e intentó abrirla, pero no pudo. Se había convertido en un cuerpo fantasmal o algo parecido. A lo lejos, vio a un muchacho acercándose, vestido como para una ocasión importante. Cuando se encontraba aproximadamente a diez pasos, la joven se dejó caer en un sofá y dijo aliviada:
-¡A tiempo!
Diing-doong, el timbré sonó. La puerta se abrió, y se dieron un beso por saludo. ¿Lista para ir de cena?-preguntó el joven. La muchacha asintió y le regaló una sonrisa. Fueron a un restaurante, no muy caro, pero agradable. La cena fue perfecta. No paraban de reír y hablar eufóricamente. Terminaron de cenar y cuando estaban trayendo los postres, el joven le pidió la mano, y ella exclamó:
-¡Eres lo que más quiero!-y se abrazaron.
Al acabar la cena, se dirigieron a la casa de la futura novia y empezaron a ser simplemente cómplices de un inusitado silencio. En un instante, apareció el padre de la muchacha, el que odiaba profundamente al joven. En cuanto asomó por la puerta, faltaba el tiempo para salir huyendo. El padre había cogido un hierro de la chimenea y amenazaba con arrojárselo. La muchacha no paraba de gritar y llorar. Cuando la puerta se cerró, recibió una bofetada de su padre y le advirtió de que iba a trasladarse con su tía, a otra ciudad. Esto le sentó como un jarro de agua fría y muy a su pesar, tuvo que hacer las maletas y dejar en el olvido sus sentimientos para obedecer a su progenitor. Con resignación, al día siguiente, montó en un carro y marchó hacia una ciudad bien lejana. Cuando llegó, la tía no se esforzó por encubrir que le molestaba la presencia de esa joven y ahí empezó su calvario. Al mismo tiempo, el muchacho intentó hablar con el padre para contactar con su novia. Le dio unas cartas para que se las enviase él, puesto que el joven no sabía la dirección de la novia. El padre se comportó como un verdadero y repugnante ser, no envió las cartas, las leyó todas. Algunas, lleno de furia, o las arrojaba al fuego o las dejaba junto las otras en un cajón. El desdichado muchacho al ver que no obtenía respuestas, se suicidó. Justo en ese instante a la joven le abarcó un tremendo vacío que le partió el corazón y murió acto seguido. A los pocos días, el padre recibió una llamada de su hermana con la noticia de la muerte de su hija. Al ver el daño que había desencadenado, se volvió completamente loco y tuvo que ser encerrado.
La vela del intruso se apagó, esta vez del todo, consumida completamente, y volvió a su tiempo. El hombre, aterrado por todo lo que había presenciado, salió de la casa, tan deprisa que casi volaba. Casualmente, se cruzó conmigo por la calle y me contó la historia exhaustivamente y para demostrarme que era cierto, me acompañó a aquella casa embrujada y me enseñó las cartas del muchacho. Me dijo que esta historia era demasiado impresionante como para dejarla caer en el olvido, pero él no quería volver a saber nada de lo que había vivido, por lo que me rogó que yo fuese la escritora.